Ensayo: "Introducción a la creatividad en la educación"

Por: Citlali Marmolejo Saldívar

 

Alumna del Diplomado de Creatividad en la Educación que imparte ICRET  con la colaboración del CCH  Naucalpan, UNAM.

 

En un inicio, los conceptos de educación y creatividad juntos pueden parecer incompatibles, puesto que en un contexto social tradicional la educación implica normatividad, disciplina, método, lógica, lo cual, aparentemente, se contradice con la creatividad que en el mismo contexto podría ser un sinónimo de juego y peor aún, el juego donde la irresponsabilidad implica una negativa marcada y percibida por los educadores tradicionales. Esta concepción forma parte de los paradigmas en educación que poco se han ido transformando.

 

El concepto de creatividad, en la actualidad, se mantiene marginado por una serie de preconceptos y concepciones falsas que producen a creer que sólo se manifiesta en ciertas personas excepcionalmente diferentes, y por supuesto, en los currículos escolares la creatividad es una especie de asignatura de corte informal que no requiere de ningún tipo de acreditación.

 

Por otro lado, los textos especializados en la pedagogía actual no mencionan de manera explícita a la creatividad como un proceso propiciatorio de aprendizajes.

 

Sin embargo, al hacer una revisión puede notarse una serie de componentes del proceso creativo plasmados en las estrategias utilizadas para el aprendizaje significativo.

 

El aprendizaje significativo es un tipo de aprendizaje que puede ocurrir en el salón de clases. No obstante, la enseñanza en el salón de clases está organizada por prioridades con base en el aprendizaje por recepción y repetición, que aunque no es excluyente el aprendizaje de tipo significativo, nos conduce a que el conocimiento, plasmado en programas donde los contenidos declarativos resultan sobrevalorados en relación con los contenidos procedimentales y los actitudinales, se le presente a un alumno como grandes volúmenes de material de estudio. Lo anterior, se contradice con el hecho real que los docentes no solo enseñamos contenidos declarativos en el pizarrón con lecturas y elaboración de tareas por transcripción de conceptos e imágenes, aunque así lo parezca, sino que también enseñamos con nuestra forma de ver la vida, nuestra actitudes y valores; de igual manera nuestros alumnos aprenden en el salón de clase.

 

En el mismo sentido, notamos que, plasmado en el Plan de Estudios Actualizado del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), uno de los objetivos más valorados y perseguidos dentro de la educación propuesta en su modelo educativo, es promover en los alumnos aprendizajes significativos. El aprendizaje significativo implica que los estudiantes se vuelvan aprendices autónomos, independientes y autorregulados, capaces de aprender a aprender. Tales cualidades en los aprendices son elementos básicos para desarrollar sus propios procesos de elaboración de significados nuevos, en el sentido que el alumno seleccione, organice y transforme la información que recibe de diversas fuentes, estableciendo relaciones entre dicha información y sus ideas o conocimientos previos. Así, aprender un contenido quiere decir que el alumno le atribuye un significado, construye una representación mental, corporal y emocional a través de imágenes, proposiciones verbales o escritas, expresión plática, corporal o musical, como se propone en las técnicas de creatividad, o bien elabora una especie de teoría o modelo mental como marco explicativo de dicho conocimiento.

 

En ese contexto, el alumno es el responsable último de su propio proceso de aprendizaje, él es quien reconstruye los sabores de su grupo cultural y puede ser un sujeto activo cuando manipula, explora, descubre, inventa, lee, escucha y expresa sus propias representaciones mentales a través de diversas manifestaciones intelectuales.

 

Aunque el aprendizaje escolar tiene un carácter individual y endógeno, también se sitúa así mismo en el plano de actividad social y la experiencia compartida, esto significa que el estudiante no construye el conocimiento en solitario, sino gracias a la meditación de los otros en un momento y contexto cultural particular. En el ámbito de la institución educativa, esos “otros” son de manera sobresaliente, el docente y los compañeros de aula. En este sentido, los docentes tenemos una responsabilidad preponderante no solo como facilitadores del aprendizaje, sino como mediadores del encuentro de nuestros alumnos con el conocimiento, en el sentido de orientar y guiar sus procesos de aprendizaje, proporcionándoles una ayuda ajustada y pertinente a su nivel de competencia.

 

Este marco conceptual nos conduce a los docentes a tener una actitud reflexiva con nuestros quehaceres educativos, nos responsabiliza en conocer no sólo las diversas formas que tienen los alumnos de acercarse al conocimiento, sino de qué manera nosotros permitimos, orientamos y guiamos el encuentro del alumno con el conocimiento.

 

En consecuencia, se busca que los procesos de formación docente abarquen los planos conceptual, reflexivo y práctico, es decir, de forma integral y multidimensional. Entiendo que el fenómeno educativo es complejo y multideterminado puede explicarse e intervenirse desde otras ciencias humanas, sociales y educativas; es aquí donde entra la posibilidad de entender y aprender los procesos creativos, los cuales nos sirvan de contexto en la elaboración de estrategias de enseñanza y facilitación de aprendizajes. Estrategias en donde se tome en cuenta las habilidades de los alumnos, su nivel de desarrollo cognitivo, sus conocimientos previos, su propio ritmo y estilo de aprendizaje en la reconstrucción de los conocimientos para que la enseñanza tome una dimensión integral y significativa no solo en el ámbito escolar sino también en la vida personal y profesional de los alumnos.  

 

Ahora bien, lo antes expuesto no solo justifica la posibilidad de una nueva forma de enseñanza y orientación del aprendizaje como un marco teórico, sino por el contrario sugiere la implementación de las técnicas para el desarrollo creativo, con un sentido educativo. Sin embargo, resulta una empresa difícil puesto que hemos crecido en un ámbito socio-cultural en donde el conocimiento y expresión de nuestras propias potencialidades, más allá del sentido común en el que subyacen lo lógico y lo metódico en la enseñanza, no se permite y, lo más importante aún, no nos hemos dado la oportunidad de ver más allá de ese ámbito conocido y confortable en donde muchos hemos transitado.

 

De lo anterior se anterior se desprenden algunas preguntas cruciales: ¿Cómo concebimos los docentes el conocimiento que enseñamos? ¿Qué papel nos concedemos a nosotros mismos en relación con la experiencia de los que aprenden? ¿Cómo representamos al alumno, qué recursos le concedemos y que limitaciones hemos identificado en él? ¿Cómo organizamos y exponemos el conocimiento propio de un campo disciplinario específico? ¿Hacemos los ajustes necesarios a la ayuda pedagógica que prestamos a los alumnos en función de sus necesidades y del contexto? ¿Asumimos el control de los aprendizajes o los depositamos gradualmente en los alumnos? ¿Cómo cuantificamos y cualificamos la posesión y significatividad del conocimiento en nuestros alumnos?

 

Evidentemente, muchas de estas preguntas no la hacemos al principio de nuestra incursión en la docencia, sobre todo porque la gran mayoría de los profesores de bachillerato no tenemos una formación sólida en pedagogía o en didáctica más que la que hemos aprendido de la forma en que fuimos enseñados, sino que van surgiendo a lo largo de la experiencia docente, cuando nos cuestionamos: yo enseño pero ¿Ellos aprenden? ¿Cómo aprenden? ¿Cómo verifico si el aprendizaje ha sido significativo más que memorístico? Estas y las preguntas anteriores representan un gran reto en nuestra carrera académica ¿Cómo resolverlas? Además de los diferentes talleres de herramientas didácticas que se han cursado, aislados por los semestres o años escolares, la creatividad representa una nueva propuesta para reflexionar sobre aquellas preguntas, encontrar las posibles respuestas y permitirnos iniciar un cambio de paradigmas.

 

Lo anterior nos conduce a una transformación necesaria, puesto que no sólo nuestras propias reflexiones nos llevan a ello sino es evidente que también la sociedad y sus propios saberes culturales se encuentran en constante cambio. De manera natural, los procesos de transformación de un estado original en otro totalmente nuevo siempre conlleva una crisis y nos platean una serie de dudas, temores e inseguridades, las cuales nos impiden salir de una zona de confort en donde actuamos ante cualquier circunstancia. La creatividad, como una serie de procesos innatos en el ser humano solo que replantea como un proceso sistemático y secuenciado, con un método y una filosofía, nos facilita la posibilidad de salir de los paradigmas conocidos e iniciar un cambio hacia el replanteamiento de nuevos paradigmas.

 

Guiados por un nuevo paradigma, los docentes podemos adoptar nuevos instrumentos para la enseñanza y la promoción de los aprendizajes, buscar en lugares nuevos, no en el sentido físico necesariamente, sino lugares en donde las emociones y las actitudes generen esos lugares nuevos. Sin embargo, lo que es todavía más importante, durante las transformaciones los educadores vemos cosas nuevas y diferentes al actuar con elementos conocidos y en lugares que ya se habían buscado antes, donde los elementos familiares se ven bajo una luz diferente y, además se les unen otros componentes desconocidos. Los cambios de paradigmas hacen que los docentes veamos el mundo de la educación, que nos es propio, de manera diferente. En la medida que nuestro único acceso para ese mundo se lleva a cabo a través de los que sentimos, pensamos, vemos, percibimos y hacemos, puede decirse que podemos responder a un mundo diferente.